El crimen y las manos ejecutoras de Los Zetas (Parte 9/10)

Casa de seguridad Foto: Diario Presencia

Casa de seguridad Foto: Diario Presencia

Autor: Misión de Observación

Los acusados contaron una versión del crimen en un interrogatorio en donde la autoridad no tuvo que hacerles ni una sola pregunta. Declararon de corrido, los agentes del Ministerio Público se contentaron con su historia y no los importunaron con un solo cuestionamiento.

José Luis Márquez Hernández, El Pony; Santos González Santiago, El Many o El Gordo; Jesús Antonio Pérez Herrera, La Yegua, y Gerardo Contreras Hernández, El Gotzi, describieron algunos de los detalles del secuestro de Gregorio y de su trabajo como célula criminal en Villa Allende. Algunos de esos datos no coinciden con las declaraciones de la familia de Gregorio en cuanto a la hora en que ocurrió, el número de participantes y las ropas que usaron.

La declaración en que se basa toda la investigación y aparentemente permitió a las autoridades dar con la fosa y la casa de seguridad, es la de José Luis Márquez Hernández, de 21 años de edad, identificado como “El Pony”, y que estaba en libertad bajo fianza, después de permanecer tres meses en prisión bajo proceso por el robo de un automóvil modelo Jetta.

Márquez Hernández fue presentado ante el Ministerio Público a las 22:20 horas del 10 de febrero para rendir su declaración: “Me apodan ‘El Pony’ o ‘El Garrobo’. Jalo para ‘La Raza’ y mi jefe es el ‘El Cachorras’”, así comenzó.

Sobre el secuestro de Gregorio relató que le ordenó a “‘El Chucho’ que se fuera desde las cinco de la mañana en la esquina (de la casa de Gregorio)”. A las 7:30 le llamó para avisarle: “‘Oye, wey, ya va llegando el reportero’. Yo iba manejando la Honda CRV gris, ‘El Many’ era quien iba de copiloto con una pistola escuadra cromada de 9 milímetros”. En la parte trasera de la camioneta, de acuerdo a su relato, viajaban “El Choco” y en la cajuela “La Yegua”, “El Choki” y “Babidi”.

 “El Pony” se quedó al frente del volante con el motor encendido mientras cometían el secuestro sus compañeros. Sacaron a Gregorio, lo subieron en el asiento de atrás, colocándose a los lados “El Choco” y “El Chucho”, y huyeron.

“Nos dirigimos hacia el basurero para cortar camino y salir por la calle Morelos a la Carretera Federal a Las Choapas, en la gasolinera da vuelta a la derecha a la zona (del) Manguito”, declaró Márquez Hernández.

Cuando llegaron a la casa de seguridad ubicada en Las Choapas, Gregorio tenía las manos atrás, esposado, pero ya en la casa se las cambiaron para que las colocara enfrente.

“Le puso capucha en los ojos para que no los reconociera. Ya eran como las 10 a.m. ‘El Gordo’ y ‘Jumanji’ nos trajeron dos palas y dos picos”, detalló José Luis Márquez.

No queda muy claro, porque no se detalla en el expediente, cuánto tiempo pasaron en la casa de seguridad, qué le hicieron a Gregorio allí, ya que en la necropsia aparecen algunos golpes. Tampoco se indica en qué momento y porqué deciden matarlo. Algunas referencias en los testimonios como el que le taparan los ojos “para que no los reconociera” y que uno de los secuestradores le dijo a la hija del periodista “no te preocupes, somos los efectivos, no le va a pasar nada”, podrían ser indicios de que no fue planeado el asesinato, al menos no desde el inicio.

El Pony” confesó que mató personalmente a Gregorio, describió a detalle cómo lo hizo y cómo “el periodista le pidió que lo perdonara”, pero Babidi, Chucho y Choco le respondieron “ahora sí te llevó la verga, pendejo”.

La fosa la excavaron en ese momento, tardaron cuarenta minutos, y decidieron quitarle toda la ropa al cuerpo de Gregorio, con el argumento de que así no lo reconocerían. Aunque al final, ya cuando estaban por tapar el cuerpo, le echaron la playera que decía: “Yo confío, Peña Nieto”, y que luego Carmela Hernández reconoció.

En la última parte de su confesión, Márquez Hernández aseguró ante el Ministerio Público:

“Dicho tiro nos lo aventamos por la señora Teresa, dueña del bar El Palmar, me pagó 20,000 pesos”. Y sólo añade que le pagó 5,000 a “La Yegua”.

Después de enterrar a Gregorio, José Luis Márquez aseguró que dejaron la camioneta en la casa de seguridad y se fueron a hospedar el hotel Las Choapas. Luego  se separaron.

En el expediente no existe algún informe que muestre que los investigadores fueron a ese hotel para recabar más pruebas. Ni siquiera hay un interrogatorio a Márquez Hernández sobre qué hicieron en la casa de seguridad, cómo la consiguieron, por qué la eligieron, por qué decidieron matar a Gregorio y enterrarlo en el lugar que lo hicieron, mucho menos se le inquiere para saber por qué aceptaron hacer el trabajo a Teresa, si la conocían, desde cuándo, y por qué sabía que quería hacerle daño.

Hay vacíos en las horas en que se cometió el secuestro de Gregorio. La familia y otros testigos aseguran que fue a las 7:15. Los secuestradores sostienen que fue después de las 7:30. Las hijas del reportero aseguraron que los atacantes eran cinco y portaban ropas negras, pero algunos de los acusados mencionaron que eran siete y que iban vestidos de colores. Tampoco se les preguntó si se deshicieron de esa indumentaria oscura. Y mucho menos los cuestionaron en qué río se supone que tiraron el resto de la ropa que le quitaron a Gregorio. En nada de eso profundizaron los investigadores.

Un  dato que sorprende: en todo momento los acusados se refieren a Gregorio como el periodista y no utilizan otro lenguaje para señalarlo, como es común entre los delincuentes.

Confiesan por encima

 Jesús Antonio Pérez Herrera, de 37 años, y a quien apodan “La Yegua”, dijo que estuvo preso durante seis años, desde 1993 hasta 1999, en el penal de Palma Sola, Veracruz, por el delito de robo a casa habitación. Que vive en Villa Allende, tiene muchos problemas, y uno de ellos es que vendía cadenas de cobre como sí fueran de oro, lo descubrió “El Pony”, y por ello lo obligó a trabajar para él.

Santos González Santiago, de 25 años y a quien llaman El Many o El Gordo, aseguró que tiene cuatro hijos, es ayudante de albañil, sabe leer y escribir, pero no tiene estudios, y trabaja para “El Pony” desde enero. No especificó qué ha hecho desde entonces ni da detalles de sus tareas cotidianas, sólo que recibe ocho mil pesos cada veinte días y aseguró que trabaja para Márquez Hernández porque lo tiene amenazado. De no hacerlo mataría a sus hijos.

Tampoco aportó muchos datos en su declaración ministerial Juan Manuel Rodríguez Hernández, de 28 años y al que llaman El Jumanji, quien dijo que tiene cinco hijos, es taxista, dejó la preparatoria incompleta y estuvo detenido acusado de lesiones. Su única función era llevarle a El Pony lo que le pidiera a la hora que fuera, en el lugar que fuera, generalmente comida, por lo que recibía quinientos pesos cada vez. Aseguró que su única función en el crimen de Gregorio fue llevar unas palas.

El último de los detenidos, Gerardo Conteras Hernández, a quien llaman Gotzi y tiene 26 años, reconoció que es jefe de halcones para El Pony y se encarga de reportarle las actividades en la ciudad a través de vigilantes que contrata y que son menores de veinte años. Por esa tarea recibe cinco mil pesos cada quincena. En el caso del periodista sostuvo que sólo llevó a la casa de seguridad pollo y carnitas para que comieran ocho personas. Tampoco a él le preguntaron y él no dio más detalles del trabajo de la organización, de otros delitos y otros cómplices.

El misterio de la casa

 Interior de la Casa de Seguridad / Foto: Diario Presencia

Interior de la Casa de Seguridad / Foto: Diario Presencia

Exactamente cómo llegaron los agentes de la Procuraduría hasta la casa de seguridad en la que supuestamente permaneció Gregorio, es un misterio. No existe en el expediente un acta que certifique que alguno de los detenidos los guió, ni tampoco una solicitud de orden de cateo. Sólo consta un reporte de la Secretaría de Seguridad Pública que escasamente dice que encontró el inmueble y que en el jardín hay autopartes.

Enoc Maldonado lo resumió así: “la confesión de los detenidos los lleva a la casa, la casa los lleva a las fosas y las fosas los lleva a los cuerpos”. Los peritos y los policías ingresaron al inmueble ubicado en Las Choapas, en la calle de Hidalgo sin número, colonia J. Mario Rosado, el 11 de febrero a las 6:45 de la mañana. A sólo 300 metros de una oficina de la policía, de acuerdo con los propios documentos.

Allí certificaron las características del inmueble y lo que encontraron que, de acuerdo a la lista, fueron algunas camas desordenadas, restos de comida y basura, sábanas, algunas de ellas con fragmentos de cinta gris, otros rastros de la misma “cinta gris tipo industrial” (que pudo ser usada para amarrar las manos o la boca de alguna persona), también encontraron 18 casquillos calibre nueve milímetros, una computadora dañada, guantes y algunos documentos a nombre de seis personas distintas.

Aparentemente los peritos hicieron pruebas para identificar huellas y rastros de sangre, aunque no existe algún certificado pericial que lo detalle y mucho menos el que muestre qué resultados se tuvieron. Esa casa fue identificada también –de acuerdo a lo que mencionó Enoc Maldonado–, por la menor secuestrada, aunque su testimonio no fue incluido en el expediente del periodista.

El inmueble fue identificado como propiedad de una mujer de nombre Candelaria, quien de acuerdo al informe policial hace “un año dejó de vivir allí” y lo aprovechaban jóvenes para reunirse. No existen más datos. Aparentemente el predio donde cavaron la fosa los secuestradores pertenece a la misma persona, de acuerdo a lo conversado con el director general de Investigaciones Ministeriales.

En el jardín de la casa los agentes encontraron algunas partes de lo que suponen es la camioneta que utilizaron para cometer los diferentes secuestros. Se supone que alguien la desmanteló. En qué momento y para qué, no hay algún dato que lo precise. Se halló el motor, medallón, los asientos delantero y trasero, las puertas delanteras y traseras, el radiador y la tapa de la cajuela. En la identificación oficial los peritos pusieron “Auto Toyota 2009 CRV (sic)”.

Sobre el vehículo, los agentes carecen de datos suficientes, porque la agencia Honda no tiene el número de motor registrado. Tampoco le preguntaron a los detenidos. La duda persiste y se trata de un dato muy importante, porque fue precisamente una camioneta gris la que ligaría el crimen contra Gregorio con los otros secuestros.

¿Y las fosas?

Al igual que la casa de seguridad, las autoridades no justificaron en el expediente cómo llegaron hasta el predio en donde encontraron las fosas clandestinas. Describen el lugar y cómo les llamó la atención que hubiera tierra removida, pero no hay un acta en la que aclaren que alguno de los detenidos los llevó y tampoco que tienen una orden de cateo para ingresar.

La primera fosa que encontraron fue la de Gregorio. Allí estaban a las 03:45 horas del 11 de febrero y fueron detallando los hallazgos y apartando las pruebas que encontraron a un radio de 1.86 por 1.50 metros con una profundidad de 85 centímetros. Encontraron el cuerpo cercenado, desnudo y, al lado, su playera. La segunda fosa, a 30 metros de distancia, fue  excavada dos horas y 15 minutos después, a las 06:00 horas.

 También en este caso describieron los hallazgos, allí estaban los cuerpos desnudos y cercenados de El Cometierra y de José Huerta Lira, de 19 años y que trabajaba como chofer, obrero y repartidor de pizza, según el expediente, y a quien identificaron sus familiares por sus tatuajes.

En la necropsia hecha el mismo 11 de febrero a las 12:25 horas, se detalla el tipo de cortes, la forma y el cuchillo empleado, del cual los investigadores no preguntaron a los acusados, ni siquiera si fue escondido o arrojado en algún lugar. Los peritos también mencionaron en su informe los hallazgos de tres golpes en el cuerpo de Gregorio y su grado de descomposición, de unos cuatro días. En las fotografías, el rostro de Gregorio no es fácilmente reconocible por la hinchazón y el tono oscuro de la piel. Como causa de muerte se registró: “sección total de elementos del cuello y anemia aguda. Murió instantáneamente”.

Los peritos hicieron una reconstrucción de cómo ocurrió el crimen de Gregorio a un lado de la fosa, aunque los documentos no describen quién o quiénes de los detenidos participó en él.

Al igual que la ausencia de documentos que certifiquen que en la casa se buscaron huellas, rastros de sangre o ADN y qué resultados obtuvieron, tampoco en el expediente existe un acta que decrete el aseguramiento ministerial de la casa de seguridad y del predio donde encontraron las fosas. Tampoco se advierte ningún esfuerzo investigativo sobre a quién o quiénes pertenecían las propiedades de Las Choapas, desde cuándo lo utilizaba este grupo o quiénes más estuvieron allí secuestrados.

Y otra duda más, ¿por qué la Procuraduría buscó dos fosas? En ninguna parte de las declaraciones o del expediente existe datos que mencionen dos entierros distintos. ¿Habrá más cuerpos enterrados allí?

Son Zetas 

José Luis Márquez Hernández reconoció ante el ministerio Público que es integrante del grupo de Los Zetas, que “lo reclutó ‘La Mona’. El jefe de plaza (es) ‘El Cachorro’” y también vincula a una persona de nombre Martín identificado como “El Bembas”.

“‘El Pelón’ es mando de nosotros y, a veces, es el que ponía los jales, en otra ocasión eran otros jefes”, explicó.

Es evidente que los asesinos materiales confesos forman parte de una célula del crimen organizado, así se reconocen, por lo que no es descabellado pensar que sus redes y vínculos pueden ser mayores y, por tanto, el crimen de Gregorio no se reduce a la nota de un bar que supuestamente no gustó a su dueña y por ello pagó veinte mil pesos para matarlo.

Falta mucho por hilar. ¿Quién son El Bembas, El Pelón y El Cachorro, a quien identifican como el jefe de plaza? ¿Dónde está el yerno de Teresa y qué papel jugó?  ¿Controla esta organización toda la región sur del estado?, ¿Qué otros casos están ligados? Sin embargo, el director de Investigaciones Ministeriales sostiene que esto ya tendrá que resolverlo la SEIDO.

“Hay por lo menos cinco eventos delictivos vinculados con el  mismo número que provienen de la zona de Hueyapan sobre secuestros. Curiosamente en Hueyapan es donde el yerno de Teresa fue inspector de policía municipal y una vez que salió de la policía se dispararon los secuestros. La mayor parte de los secuestros se realizan en Coatzacoalcos, y se cobran en Hueyapan, se encuentra entre la zona de Acayúcan y Catemaco, hacia San Andrés Tuxtla”, explicó Enoc Maldonado a los redactores de esta nota.

En su presentación en la rejilla de prácticas, algunos de los detenidos aseguraron que fueron torturados para autoinculparse. ¿Ese grito lanzado a los periodistas es digno de crédito? Lo cierto es que en el expediente no existen certificados médicos que acrediten su situación física y mental y si fueron objeto de torturas antes y después de rendir su declaración.

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