La vida de Gregorio Jiménez de la Cruz (Parte 6/10)

Gregorio Jiménez

 Autor: Misión de Observación

Gregorio Jiménez de la Cruz arreglaba radios y televisores. Ese oficio, como los demás que adquirió en su vida, lo aprendió de forma empírica, mirando a los que sabían y leyendo manuales. No tenía un taller propio, así que hacía las reparaciones a domicilio dentro de los confines de su barrio de Villa Allende, en Coatzacoalcos, Veracruz.

Con ese oficio mantenía a sus tres primeros hijos, Luis Alberto, Sandy Bell y Cindy. Gregorio se había juntado con una mujer con la que procreó a los tres, pero se separaron y tuvieron diferencias sobre la custodia de los niños. Gregorio finalmente se quedó con ellos y durante un año los crió él solo en Villa Allende.

En el puesto en donde compraba frutas y verduras, Gregorio conoció a una muchacha de catorce años llamada Carmela Hernández. Durante varios meses visitaba el lugar, aunque sólo fuera a comprar una fruta, y así comenzó a cortejarla. Aunque era muy joven, Carmela aceptó irse a vivir con él y criar a sus hijos como propios. Con Carmela vendrían cuatro vástagos más.

La vida en Villa Allende era difícil. A pesar de ser una población con más de ochenta años de historia (el propio Gregorio la contó en una nota periodística) carecía de los servicios básicos. No había alumbrado público ni todos los vecinos gozaban de luz eléctrica, tenían que acarrear el agua y en lugar de drenaje se usaban fosas sépticas. Antaño zona de ejidos, la familia de Gregorio no era propietaria del suelo en donde vivían. Eran terrenos irregulares.

Llegó el momento de tomar una decisión radical: emigrar. Gregorio tomó a su familia y se la llevó a Cancún. Habitaron otro barrio marginal, Leona Vicario, a una hora de distancia de la zona hotelera. Gregorio continuó con su oficio de electricista y se empleó como reparador de postes de alumbrado público.

En Cancún se compró su primera cámara, una Minolta de rollo, que adquirió a plazos en una casa de empeño. Autodidacta, Gregorio consultó manuales y empezó a disparar. Se ofreció como fotógrafo para una fiesta de quince años y su primer trabajo fue, casi por completo, un fracaso: sus retratos salieron sin cabeza.

Pero persistió hasta dominar el oficio. Y fue en Quintana Roo, de acuerdo con algunos testimonios, donde se inició en el periodismo como fotógrafo de nota roja. Según uno de sus amigos más cercanos, colaboró en un pequeño periódico sensacionalista llamado De a peso.

La vida en Cancún era mejor que en Villa Allende. El matrimonio Jiménez Sánchez se beneficiaba de la intensa vida social de esa ciudad: cubrían bodas y quince años mientras los hijos iban a la escuela. Un acontecimiento familiar abrupto los obligó a dejar esa ciudad y a regresar a Villa Allende: el padre de Carmela enfermó gravemente y la familia determinó regresar a cuidarlo.

Se instalaron en un terreno irregular a unos metros del pantano y ahí Gregorio empezó a construir su casa, primero echó cascajo, luego tablas y poco a poco edificó con bloques. La vivienda de Gregorio revela su situación económica, siempre precaria y al borde de la miseria. El piso era de arena y tenía que ser rellenado para prevenir deslaves (llegaron a meterse víboras venenosas). Sus hijos dormían en literas y, cuando había visitas, la pareja de Gregorio y Carmela pernoctaban en hamacas. Durante años la luz se las regalaba un vecino y había que caminar hasta un pozo para acarrear agua. La familia comía en una mesa desvencijada y con sillas rotas, y de vez en cuando se metían los pollos y las gallinas del corral. La familia la completaba la perrita Pelusa.

Gregorio ejerció su profesión de fotógrafo de eventos sociales apoyado en su esposa Carmela y en su hijo Luis Alberto, que aprendieron de él a tomar fotos, videos, editar imágenes y revelar. Al principio, Gregorio lo hacía  en su casa, improvisando un cuarto oscuro, hasta que completó la transición a la fotografía digital.

Al lado de Carmela, lo mismo tomaban fotografías tamaño infantil a domicilio, ayudados por una manta para conseguir fondos blancos, que eran requeridos en graduaciones o festejos. También tenían un burro que usaban cada 12 de diciembre para quien quisiera retratarse con una imagen de la Virgen de Guadalupe y que incluso llegó a pintar como una cebra para los niños.

Gregorio Jiménez

Gregorio Jiménez

Pero Gregorio tenía avidez periodística, hambre de información. Si se enteraba de que había ocurrido algo importante, tomaba su motocicleta roja y hacía las fotografías del accidente, del hallazgo de algún ahogado, de la caída de un poste de luz. Villa Allende era un barrio lejano a Coatzacoalcos. Cuando los reporteros llegaban al lugar de los hechos, ya era demasiado tarde para una fotografía. Entonces aparecía Gregorio, siempre generoso, y les regalaba sus imágenes.

Los editores de El Liberal del Sur advirtieron que, aunque sólo había estudiado parte de la secundaria, Gregorio aprendía pronto y era un reportero en potencia. Lo invitaron a trabajar. “Yo tomo fotografías y no sé escribir”, confesó. Pero Villa Allende se convertía, poco a poco, en uno de los puntos en donde repuntaba la violencia y se requería un corresponsal de tiempo completo.

Los editores de El Liberal asignaron a un reportero como capacitador de Gregorio. Lo primero que le enseñó fue la pirámide invertida: los textos de Gregorio empezaban con sus propias opiniones y hacia el final aparecían los datos duros. Su capacitador le corrigió esa deficiencia (en realidad Goyo, hasta su última nota, era proclive a contrabandear sus opiniones entre la información dura) y le ayudó a advertir su poder como periodista. Si Gregorio sabía denunciar la falta de servicios en su barrio, podría empujar a las autoridades a alumbrar, poner postes, pavimentar.

Siempre bonachón y siendo conocido por los eventos sociales a los que era contratado, el periodista Gregorio empezó a convertirse en un actor de importancia en el barrio. Sus notas tenían impacto. A su esposa Carmela, sin embargo, no le gustaba el nuevo giro profesional de su esposo: cada día había más secuestros, y Carmela sabía que ser reportero era riesgoso, temía que Gregorio molestara los intereses de los criminales.

El salto profesional de Gregorio llegó con su ingreso a Notisur, un diario que surgió especializado en la nota policiaca, aunque a los pocos años su portada dejó la información roja y mandó las notas de sucesos a la contraportada. Buscaron a Gregorio cuando su reportero de Villa de Allende –un joven de 21 años muy amigo de Goyo– se fue al Diario del Istmo. Hay que acotar, sin embargo, que este salto profesional no fue salarial (le pagaban veinte pesos por nota publicada) sino periodístico. Ahora sí publicaba seguido en la portada y a veces la nota de ocho columnas había salido de su computadora.

Gregorio mandaba la misma información para tres diarios, pero cambiaba la redacción de las notas. En Notisur firmaba a veces como El Pantera, pero no era un pseudónimo para proteger su identidad, solamente lo utilizaba para que su nombre no apareciera en publicaciones distintas con información similar. En ocasiones su firma no aparecía en las planas, porque sus jefes consideraban que era riesgoso, aunque en su muro personal de Facebook Gregorio subió muchas de sus notas y fotos.

Todas las versiones coinciden en describirlo como un hombre generoso, de buen humor, a veces introvertido, y con una enorme capacidad de trabajo. Su prioridad era el bienestar de su familia, y su principal angustia la falta de dinero. Mandaba unas ocho notas al día, cuatro a Notisur y otras cuatro a El Liberal del Sur, pero no siempre se publicaban todas. De acuerdo con uno de sus amigos y colegas, su ingreso por su trabajo periodístico rondaba los tres mis a tres mil quinientos pesos mensuales.

Con enormes esfuerzos había comprado la motocicleta, que era su herramienta de trabajo, y aun con más dificultades había adquirido en veinticinco mil pesos un Chevy Monza usado, que con frecuencia lo dejaba tirado y había que empujarlo. Los viernes, cuando le tocaba reportear en Coatzacoalcos, dos compañeras le invitaban los tacos o los mariscos porque sus bolsillos estaban casi siempre vacíos. Agradecido y apenado al mismo tiempo, evitaba pedir refresco. Esa precariedad le había orillado a volverse a plantear emigrar a Cancún. Si en unos meses no conseguía salario en Notisur (más allá de los setecientos pesos quincenales que le daban para gastos), Gregorio había tomado ya la decisión de irse.

El refresco era quizá su único vicio. Cristiano evangélico de práctica pentecostés, no bebía, fumaba ni era aficionado a las fiestas. Medía alrededor de un metro con sesenta y cinco centímetros, tenía sobrepeso y usaba un bigote delgado y siempre bien delineado. A la fecha de su muerte tenía 43 años (nació el 12 de marzo de 1970).

Entre los testimonios recabados, dos veces mencionó a la muerte. Unas semanas antes de su secuestro, mientras reporteaba con otras compañeras, miró la foto impresa de unos ejecutados y pidió a sus colegas que, si algo le pasaba, abogaran por él. En otra ocasión le pidió a una de sus compañeras de oficio, también de la nota policial, que se cuidara porque, creía él, se estaba exponiendo con sus notas. Ella reviró: ¿Y si algo te pasara a ti? “Yo no me quiero morir”, contestó Goyo, “pero si algo me pasara quiero que donen mis órganos, que le sirvan a alguien más”.

–¿Y si algo me pasara, tú qué harías? –le preguntó la reportera a Goyo.

— Yo haría un maremoto –contestó Gregorio.

Y fue su asesinato, el de Gregorio Jiménez de la Cruz, el que provocó un maremoto, gracias a la movilización de sus colegas de Coatzacoalcos, que valientemente exigieron y exigen justicia para su amigo y compañero de ruta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s